“Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un intranquilo sueño, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto”

Kafka-La Metamorfosis

Por Arjuna


En pleno siglo XXI y, tras diez mil años de civilización en los que hemos incursionado, repetidas veces, en el futuro, todavía el “bípedo implume, (el hombre, según Platón) sigue preguntando al Papa, líder de una de las sectas más influyentes del planeta, en qué agujero hay que meterla (o hacer travesuras) para no ir al infierno.

En Grecia y en Roma, la filosofía y la razón impregnaban todos los campos del saber. Su politeísmo abrazaba con éxtasis todo tipo de relaciones sexuales, que practicaban con descaro y alegría los dioses y diosas, tanto en El Olimpo como en sus correrías por la Tierra. Zeus, Afrodita, el emperador o general de turno tenían amantes del mismo sexo y los seres humanos les imitaban como buenos ciudadanos que buscan la armonía.

En ninguna escuela egipcia, griega o romana se relacionaba el sexo con el pecado. Pasarían siglos hasta que las religiones monoteístas demonizaran a Eros, lo que sirvió para estigmatizar a grandes capas de la población. Las artes amatorias se hicieron tabú y se editaron mamotretos con la palabra de Dios. Y así, nació un nuevo tipo de esclavo y esclava que, además de vivir de rodillas, debía cuidar su lengua y ocultar su inteligencia (1).

Con el transcurrir de los siglos se expandieron, debido a la ignorancia que imperaba en gran parte del mundo, las religiones Abrahámicas: el judaísmo, el cristianismo y el islamismo, y sus profetas escribieron en piedra un listado de pecados capitales, entre los que se encontraba la homosexualidad y el lesbianismo, lo que debía ser extirpado cual cáncer maligno introducido por el diablo para corromper a la humanidad.

Yahvé, el demiurgo colérico y bipolar que se arrepintió de su creación y la destruyó con un diluvio universal, que decidió convertirse en paloma para embarazar a una pobre cría de catorce años, que eligió a un pueblo, el judío, que ha conocido todos los horrores posibles, incluido el Holocausto (aunque ahora amenaza con exterminar a sus vecinos) tiene una forma de amar que ni Dios la entiende.

Con la caída del Imperio Romano (Nietzsche dice que el cristianismo fue el vampiro que lo destruyó), se inicia la Edad Media (476 a 1492 d.C) conocida como la Era de la Oscuridad, y todos los hombres y mujeres que “están poseídos por el diablo” acaban en la hoguera, son decapitados, mutilados o torturados por “enojar a Dios”.

Luego, ocurre un milagro y, con el Renacimiento, poco a poco, como las tortugas, vamos recuperando la razón y la libertad de pensar sin miedo y amar con libertad. Con toda la sangre que se ha derramado para llegar hasta donde hemos llegado se podrían teñir de rojo todos los océanos y mares.

Y ahora, en esta década, el nuevo jefe supremo de la Iglesia va de “progre” por la vida y, -aunque no entiende a Dios porque no hay cabeza para ello-, parece un socialdemócrata del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), que lo mismo da misa en una discoteca de Ibiza que en la Plaza de Pedro Zerolo.

La Iglesia Católica y sus obispos, el judaísmo y sus rabinos, el islam y sus imanes, han cogido siempre tirria a la mujer, a la que quieren ver sumisa cual esclava del Señor y sierva del Hombre. Desconfían de la hembra sabia, inteligente, que les puede hacer sombra, por eso hasta hace cuatro días les han dicho “quédate en casa y huye de los libros que escribe satanás”.

Si lográsemos ver una alianza entre las tres religiones monoteístas, cosa que ha pasado por la cabeza de Bergoglio (a quien instintivamente identifico con Gregorio Samsa), daríamos un salto al pasado con caverna incluida y, entonces, habría que celebrar haber nacido en un país como España, donde hay más cruces, que luces.

Los que no quieran practicar “una religión para ateos inteligentes”, como decía Hawking, podrían elegir, lo que me parece una opción magnífica, al Dios de Spinoza.

En palabras del escritor mexicano Anand Dílvar -autor del best sellerEl Esclavo”, el Dios de Spinoza, quizás, os diría:

Deja ya de ir a esos templos lúgubres, oscuros y fríos que tú mismo construiste y que dices que es mi casa. Mi casa está en las montañas, en los bosques, los ríos, los lagos, las playas. Deja ya de leer supuestas Escrituras Sagradas que nada tienen que ver conmigo. No me encontrarás en ningún libro (…) Yo nunca dije que había algo mal en ti o que era un pecado. O que tu sexualidad fuera algo malo. Me aburre que me alaben. ¿Te sientes agradecido? Demuéstralo cuidando de ti, de tu salud, de tus relaciones, del mundo (…) No me busques fuera, no me encontrarás. Búscame dentro. Aquí estoy, dentro de ti.

Cuando el rabino Herbert S. Goldstein escribió a Einstein preguntándole si era creyente, el genio le contestó: 

Creo en el Dios de Spinoza, que se revela asimismo en una armonía de lo existente, no en un Dios que se interesa por el destino y las acciones del ser humano.

-1- En la Inglaterra del siglo XVIII había tutores que enseñaban a las mujeres a ocultar su inteligencia, para que los hombres no se sintieran inferiores. El médico y moralista John Gregory dice en su obra “Consejos de un padre a sus hijas”, escrita en 1774:

El ingenio es el talento más peligroso que puede tener una mujer. Debe usarse con discreción y buena disposición, de otro modo, solo crea enemigos. Os aconsejo cautela al mostrar vuestro sentido común porque al hacerlo podéis parecer engreídas. Si por casualidad tenéis algún conocimiento, guardadlo como el mayor de vuestros secretos. En especial, ocultadlo a los hombres, que en general envidian y desprecian a las mujeres cultas.